El feminismo tiene un problema de naming

¿Cómo explicar un movimiento profundamente ético y humano con una palabra que genera incomodidad incluso entre quienes lo comparten?

No se puede. Porque el feminismo tiene un problema de naming.

No es un problema de fondo. El feminismo ha sido y es una de las fuerzas más transformadoras de la historia. Ha cuestionado los privilegios, visibilizado desigualdades estructurales y reformulado lo que entendemos por justicia social.

Lo que ocurre es que su nombre, «feminismo», carga con una herida semántica que el patriarcado ha sabido aprovechar muy bien. Tan bien, que incluso personas que creen en sus principios reniegan de la palabra. Ya sabes: «Ni machismo ni feminismo: igualdad».

¿Qué significa «feminismo»?

Definición rápida para quien pase por aquí por error: el feminismo es un movimiento social, político y cultural que trabaja por la igualdad de derechos entre mujeres y hombres. Ya está.

Pero ese «ismo» en femenino suena a parcialidad. A favoritismo. A que vamos con las nuestras. Como si estuviéramos jugando a ganar poder a costa de los hombres. Como si pidiéramos más, no lo justo.

Y ese malentendido no es casual. Es diseño intencionado y estratégico.

Naming y percepción: cuando el branding es ideológico

Si nos fijamos, ningún otro movimiento por la igualdad se enfrenta al mismo nivel de tergiversación desde su nombre. Antirracismo, ecologismo, pacifismo… Todos comunican sus valores desde lo que defienden.

Pero el feminismo tiene que justificarse siempre desde lo que no es. «No, no odiamos a los hombres». «No, no queremos privilegios». «No, no somos iguales pero sí merecemos los mismos derechos y oportunidades». ¡Agotador! 🥵

Esto, en branding, sería un error estratégico de partida: si el nombre de tu marca genera rechazo incluso en tu buyer persona ideal, tienes un serio problema de naming.

¿Cambiarle el nombre?

No. No lo estoy proponiendo. No vamos a hacer un rebranding al feminismo. No necesitamos una agencia que nos proponga «Equigualdad», «Humanismo con perspectiva de género» o «Movimujer». Lo que necesitamos es entender que el problema no es el nombre, sino el sistema que lo distorsiona.

El patriarcado ha hecho un trabajo brillante como community manager del miedo. Ha conseguido que feminismo suene a dogma, a amenaza, a incomodidad. Ha llenado de estigmas la palabra con más esperanza de todo el diccionario. La ha asociado al enfado, a la queja, a la radicalidad (palabra que, por cierto, significa ir a la raíz).

Y, en paralelo, ha impulsado nombres más cómodos, tibios y neutros, como «igualitarismo» o «diversidad», que no hacen ruido pero tampoco transforman.

El feminismo como marca cultural

Aquí entra en juego el diseño. El feminismo no es solo un movimiento, es una marca cultural. Tiene un relato, unos valores, un imaginario visual, una historia. Se comunica en pancartas, en discursos… ¡y en camisetas de Zara, que el capitalismo es experto en absorber lo subversivo!

Pero aunque su identidad gráfica haya evolucionado —más memes, más morado, más diseño tipográfico—, su naming sigue enfrentando una campaña de desprestigio desde hace siglos. Y eso no se soluciona con un nuevo logo. Se soluciona hablando claro.

Las palabras son territorio político

Nombrar es poder. El que nombra, define. Y el feminismo ha sido nombrado por sus detractores mucho más que por sus defensoras. Si usamos las palabras que nos asignan, estamos jugando en su terreno.

Las herramientas del amo nunca desmontarán la casa del amo.

Audre Lorde

Por eso necesitamos reclamar el término sin pedir disculpas. Usarlo con orgullo. Explicarlo sin condescendencia. Diseñar contenidos, interfaces, titulares y conversaciones que no edulcoren su significado, sino que lo afiancen.

Porque cuando evitamos decir «soy feminista», lo que evitamos no es la polémica, sino el conflicto necesario. El conflicto que incomoda al que no quiere cambiar nada y que hace que avancemos.

Entonces… ¿cómo solucionamos el problema?

No cambiando el nombre, sino cambiando la percepción. Y eso requiere diseño. Un diseño de narrativas, de relatos, de espacios donde la palabra «feminismo» no tenga que ir entre comillas ni con notas a pie de página. Donde no haya que añadir «no soy feminista radical, pero…» ni suavizar el discurso para no herir egos.

Diseñadoras, comunicadoras, activistas, periodistas, educadoras, creadoras de contenido: tenemos trabajo que hacer. Desde nuestras herramientas. Porque el feminismo no tiene un problema de esencia, tiene un problema de naming.

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Ana Cirujano

Soy diseñadora y ayudo a negocios online a fortalecer su marca, mejorar la experiencia de usuario y obtener mejores resultados.

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